La posmodernidad en la cual vivimos se caracteriza, entre otras cosas, por relativizar todo a lo emocional y sentimental, dejando de lado lo objetivo y comprobable. Esa exaltación de la subjetividad, que muchos creen de forma equivocada que es un avance humano y social, es un retroceso y una idiotización de la persona que sólo trae ignorancia, mediocridad y abuso por parte de poderosas entidades económicas.
Por supuesto que lo mencionado no ocurrió de la noche a la mañana, sino que fue un engranaje complejo puesto en juego desde hace ya varias décadas que, gracias al avance tecnológico actual, tuvo una aceleración sin precedentes en los últimos 10 – 15 años. Pero en la práctica son mecanismos que pueden rastrearse a la década de 1950.
¿Qué es lo que ocurre en ese momento temporal que hace que el mundo occidental tome un giro hacia una explotación utilitarista de los individuos sin precedente en la historia? Dos factores clave: la creación del Fondo Monetario Internacional en 1945 y la generación de los Baby Boomers, todos los nacidos entre 1946 y 1964 aproximadamente. El siguiente gráfico muestra la explosión demográfica en los Estados Unidos y el origen del nombre de esa brecha generacional[1]:
El Fondo Monetario Internacional es básicamente la imposición del dólar estadounidense como moneda de cambio global y su correspondiente establecimiento de un nuevo sistema financiero mundial. Esto hace que todas las empresas cuyas operaciones sean con base en el dólar, están destinadas a convertirse en corporaciones globales.
Por otro lado, la explosión poblacional trae un aumento exponencial en los consumidores como nunca se vio. Millones de nuevos clientes que querrán no sólo cubrir sus necesidades básicas, sino adquirir productos y servicios de un sistema que comienza a ver el capitalismo crecer a pasos agigantados.
Y aquí es donde las recién nacidas corporaciones globales alimenticias, especialistas en la producción de alimentos procesados, y las farmacéuticas ven el negocio cuasi eterno y multibillonario: enfermedades provocadas por la ingesta de comida insalubre que pueden ser tratadas de por vida.
Un dato curioso: observen fotografías de las décadas previas a 1970. Prácticamente no verán obesidad. Les será muy difícil encontrar una persona con estas características. ¿Y por qué hoy en día en países como Corea del Norte o Cuba también es difícil hallarlos? ¿Acaso tienen alguna inmunidad natural? Es importante aclarar que no estoy hablando de sobrepeso, sino de más de 10 – 15 kilos por encima del peso recomendado.
En 1975, en Estados Unidos, el 12% de los adultos era obeso. Para el 2016 esa cifra aumentó al 35%[2]. Y esto es una tendencia que se da de forma parecida a nivel global, ya que los datos indican que el aumento promedio de esta “enfermedad social” fue del 230% entre 1990 y 2022[3].
Ahora, ¿cómo un desorden alimenticio apalancando más que nada por una alimentación insalubre se transforma en una “enfermedad”? A través de una terrible presión por parte de empresas farmacéuticas y de alimentos a nivel político y social, utilizando los medios de comunicación, junto con billeteras ilimitadas. La mentira se construyó a lo largo de años y fue más que funcional a todas las partes involucradas: conglomerados alimenticios globales (Unilever, Nestlé, Kellog’s, Mars, etc.), laboratorios internacionales (Bayer, GSK, Pfizer, etc.) y las “pobres víctimas” (individuos que consumieron en forma descontrolada alimentos procesados con cantidades infernales de azúcar, aditivos, conservantes, harinas transgénicas, etc.).
Comencemos por las empresas de alimentos procesados, especialistas en la fabricación de “comida” con agregados químicos que generan dependencia y vicio, como el almidón de maíz. O ¿me van a decir que cuando abren un paquete de papas fritas como Lays, Pringles o cualquier otra marca, resulta muy difícil parar de comer hasta terminarlo? Esto no es casualidad. Más comés chatarra, más querés.
Pasemos a los laboratorios. Medicamentos para bajar de peso, disminuir el apetito o combatir la presión alta o cualquier otro desarreglo del organismo. El truco está en la toma de esta medicina de por vida, o durante un tiempo muy prolongado, fundamental para combatir esa obsesión por comer.
Y, por último, las “pobres víctimas”. Individuos controlados por sus impulsos, abandonados a conductas compulsivas que, objetivamente, cedieron su voluntad libre a la regulación exterior. Se puede tener un antojo en cualquier momento, pero también se puede DECIDIR no hacerle lugar. Es una cuestión de soberanía y control personal, de ser más fuerte que el impulso.
Pero la sociedad actual al hablar de la obesidad como “enfermedad”, omite su responsabilidad en el fomento de un negocio perfecto para individuos con cierta debilidad de carácter, con tendencias manipulables, controlables, transformándolos en clientes eternos de laboratorios y de empresas de alimentos procesados, que ahora les ofrecen “comidas” con menos grasas y azúcares, pero que siguen teniendo otros componentes químicos que continúan generando adicción.
Es un esquema perfecto de abuso y explotación disfrazado de consciencia e inclusión social. Alimentamos tu comportamiento compulsivo para nuestro provecho económico y, como bonus adicional, te controlamos y sometemos haciéndote creer que nos preocupamos por tu salud.
El poder de cambio está en el individuo, en volver a su centro y recuperar su soberanía y libertad con inteligencia y voluntad.
[1] Nacidos vivos, tasas de natalidad y tasas de fertilidad, por raza: Estados Unidos, 1909-2003. Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades/Centro Nacional de Estadísticas de Salud.
[2] Dato de la OMS 2016.
[3] Dato de The Lancet 2024.